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 | Naturaleza en la ciudad |
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Se conoce desde hace tiempo el valor que tienen los elementos naturales presentes en las zonas urbanas. Tradicionalmente, los parques, jardines y avenidas arboladas han formado parte del diseño de las ciudades. La función visual de estos elementos es de extraordinaria importancia: basta un pequeño número de árboles crecidos para suavizar de manera considerable lo que sin ellos sería un entorno totalmente edificado. Además, estos elementos poseen un valor simbólico para muchos de los habitantes de la ciudad; actúan como vínculo psicológico con la naturaleza y el campo.
A menudo, los terrenos abandonados en el entorno inmediato, urbano y suburbano, y los hábitats seminaturales ponen de manifiesto una sorprendente riqueza en variedad y abundancia de su vida silvestre. La importancia de estos hábitats naturales en las zonas urbanas ha aumentado al incrementarse la presión sobre la vida silvestre en el campo, debido a las prácticas de agricultura intensiva en los últimos decenios. La protección y la mejora de los espacios abiertos y los hábitats, así como la plantación de árboles, aumentan el placer visual de las zonas urbanas, creando una serie de efectos microclimáticos que combaten y dispersan las concentraciones de contaminantes que segrega la ciudad.
En muchas ciudades se han elaborado inventarios detallados de los hábitats de flora y fauna, y se han constituido agrupaciones de voluntarios activos que se proponen proteger estos lugares de los efectos del desarrollo y velar por que se gestionen debidamente. Si bien estos parajes, en términos absolutos, no poseen un valor de flora y fauna comparable al de los hábitats auténticamente naturales, su situación en los centros de población urbana, o en su proximidad, les otorga una relevancia particular. Constituyen también un importante recurso para las actividades de educación y de familiarización con la naturaleza.
El aumento del tiempo libre y la mayor demanda de espacios dedicados a deportes y actividades de recreo ejerce una fuerte presión sobre los espacios libres que existen en las zonas urbanas. Pocas son las ciudades que pueden afirmar haber hecho previsiones en este sentido. Si bien la creación de nuevos parques urbanos plantea numerosos problemas, habría que incitar a las autoridades municipales a que aprovecharan las oportunidades que brindan los terrenos abandonados y que no se utilizan. En muchas ciudades europeas, los bosques «recreativos» en los márgenes de la ciudad suponen una importante posibilidad de esparcimiento para los habitantes.
Las áreas verdes urbanas mejoran el aire, el agua y los recursos del suelo al absorber contaminantes del aire, incrementar las áreas de captación y almacenamiento de agua y estabilizar los suelos. Los bosques urbanos actúan como amortiguadores de la temperatura -al dar sombra en el verano y detener el viento en el invierno-además de reducir la contaminación por ruido y los niveles de CO2 y proporcionar hábitat para la fauna silvestre. Los beneficios económicos incluyen madera y productos agrícolas, así como una variedad de productos forestales no maderables, tales como artículos artesanales y miel de abejas.
Estos beneficios son de especial importancia para los pobres urbanos. Por último, los beneficios globales a la sociedad son significativos e incluyen la contribución que los árboles y otro tipo de vegetación prestan a la salud mental y física de la población, la provisión de oportunidades de recreación, oportunidades educativas en el tema ambiental y el mejoramiento estético de un ambiente, que de otra manera estaría dominado por asfalto .
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